“¡Esta sí es hueso de mis huesos, carne de mi carne”

“¡Esta sí es hueso de mis huesos, carne de mi carne”

Reflexión no.1 del tiempo Ordinario. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)

Apreciados hermanos, ya nos encontramos en el Tiempo Ordinario, pero esto no implica que sea un tiempo insignificante. Al contrario, es un tiempo para seguir meditando sobre el eje de nuestra fe, que es la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Sí, así es: estos misterios conforman el fundamento de la verdad revelada, ya que a través de meditarlos se alcanza la salvación. Así es como nos lo transmitieron los apóstoles. Siempre que meditemos sobre los personajes de la Biblia encontraremos el rostro de Jesús, ya que todo fue creado por Él y para Él.

Para esta semana queremos referirnos a Adán, el padre de todos los hombres. Ya mencionamos antes que todo fue creado para Cristo. ¡Qué emocionante cuando leemos el primer capítulo del Génesis, donde comprobamos que Dios Padre creó todo para el hombre, hecho a su imagen y semejanza (y sí, la imagen del Padre es su Hijo Jesucristo)! En el capítulo dos de dicho libro leemos que Yahvé dijo: “No es bueno que el hombre esté solo. Haré para él una ayuda adecuada” (Gn 2, 18). Y lo que hizo a continuación fue dormirlo, abrirle el costado y hacer de ella a la mujer. Adán, al verla, expresó: “¡Ahora sí, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Gn 2, 23). ¿Qué tiene esto que ver con los misterios de nuestra salvación? ¡Mucho! Pues sabemos que la mujer pecó, comió del fruto que sabía muy bien que no podía comer, y luego le dio al hombre del mismo fruto. Con ello entró la muerte en los dos.

La mujer es la Iglesia. Ella ha probado del pecado, que es el rechazo a Dios, la desobediencia fruto de la desconfianza a Dios, la rebeldía, el querer ser como Él, el imponerse como su propio Dios. Incluso con esto, la mujer quedaba marcada por la muerte, y cuando ella comparte el fruto con Adán, él también. Me gustaría que meditáramos este pasaje en el sentido de que es tan grande el amor que tiene Adán por Eva que quiere morir con ella. El hombre es Jesucristo, que amando tanto a su Iglesia, al verla en la desgracia del pecado, comparte el mismo destino: la muerte. Sabemos que Jesús no pecó; sin embargo, “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, para presentársela a sí mismo resplandeciente, sin mancha ni arruga o algo semejante, sino santa e irreprochable” (Ef 5, 25-27).

Hermanos, Jesús, nuevo Adán, fue dormido en el sueño de la muerte (como lo llaman algunos teólogos) en la Cruz, y allí fue traspasado; es decir, su costado fue abierto. De este costado abierto nace la Iglesia, la nueva Eva, pero santa por medio del agua y de la sangre. De tal manera que Jesús, al ver a su Iglesia bañada por el agua del bautismo y la sangre que se adquiere en la Eucaristía, la ve y exclama: “Ahora sí, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne.”

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