Reflexión no.3 del tiempo Ordinario. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)
Queridos hermanos, para muchos católicos es conocido el nombre de Israel, al que hacemos referencia inmediatamente como el pueblo elegido de Dios, pero pocos saben que Israel es el nombre “nuevo” que Yahvé le puso a Jacob, hijo menor de Isaac (hijo de Abraham). Vamos a hablar sobre la experiencia de fe de este hombre.
Por primogenitura correspondía a Esaú recibir la bendición de su padre Isaac, que lo hacía heredero de las promesas que Dios hizo a su abuelo Abraham. Sin embargo, Esaú despreció sus derechos de hijo primogénito y se los vendió a Jacob por un plato de lentejas (cf. Gn 25, 29-34). Esto fue un trato entre hermanos. Para hacer que Isaac bendijera a Jacob en vez de Esaú, Rebeca, madre de Jacob y Esaú, revistió a su hijo Jacob con los vestidos de su hijo mayor Esaú. Me gustaría compartir que este hecho se ha meditado de la siguiente manera: cada una de las personas que reciben la bendición por excelencia que los hace herederos del Reino de Dios —esto es, el bautismo— es revestida por la Madre Iglesia con las vestiduras de Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, legítimo heredero y dueño del Reino de los Cielos. Jesucristo, nuestro Señor, permitió ser despojado de sus vestiduras para que la Iglesia pudiera revestir con su gracia a cada uno de los bautizados. Insistimos en que toda Escritura apunta a Jesucristo. A pesar de esto, Jacob tiene una experiencia de fe personal y purificadora.
Jacob ya tiene la bendición de su padre, pero le falta la bendición de Dios. A través de un camino de obediencia y purificación, Yahvé viene a su encuentro y así él lo reconoce como su Dios; ya no solamente el Dios de sus padres, sino una aceptación propia.
“Jacob salió de Berseba y se fue a Jarán. Cuando llegó a cierto lugar, se quedó allí para pasar la noche, pues ya se ocultaba el sol. Tomó una de las piedras del lugar y la puso de almohada, pues se acostó a dormir en ese lugar. Entonces soñó una escalera plantada en la tierra, que tocaba con el otro extremo el cielo, y que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y el Señor, estando de pie sobre ella, decía: «Yo soy Yahvé, el Dios de tu padre Abraham y Dios de Isaac. A ti y a tu descendencia daré la tierra sobre la cual descansas. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al este y al oeste, al norte y al sur. Y por ti y por tu descendencia serán benditas todas las familias de la tierra. Mira, yo estoy contigo y te acompañaré a donde vayas y te haré volver a esta tierra. Porque no te abandonaré hasta cumplir lo que te he prometido». Entonces Jacob despertó del sueño y dijo: «¡Es cierto que el Señor está aquí y yo no lo sabía!» Y llamó aquel lugar Betel (casa de Dios). Entonces Jacob hizo un voto: «Si Dios está conmigo y me cuida durante este viaje que estoy haciendo y me da pan para comer y vestidos para cubrirme, y si regreso sano y salvo a la casa de mi padre, Yahvé será mi Dios»” (Gn 28, 10-16.19-21).
Hermanos, lo que más interesa al Señor es tener una relación con nosotros. La experiencia de fe no se limita solamente a los ritos litúrgicos, que muchas ocasiones se realizan con poca fe y entendimiento. Estos son necesarios e indispensables, sí; pero lo importante es madurar en nuestra relación con el Señor. Cuando se es dócil a Dios, abrimos las posibilidades de encontrar nuestro Betel, nuestro lugar de encuentro con Dios vivo, y así ser bendecidos por Él.
“Le dijo: «Suéltame, pues ya está amaneciendo». Jacob le dijo: «No te soltaré hasta que me bendigas». El hombre le dijo: «¿Cómo te llamas?» y él contestó: «Jacob». El hombre respondió: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque luchaste con Dios y con los hombres y has vencido»” (Gn 32, 27-29).
Que Dios nos conceda crecer en su amor para expresar como Jacob: “Es cierto que el Señor está aquí y yo no lo sabía”, y que Él con su bendición y gracia nos llame a una vida nueva.


