Escrito por Servidoras de la Palabra
En este mes de octubre, también mes del Rosario, estamos llamados a unirnos en oración junto a nuestra Madre, la Virgen María, la primera misionera y evangelizadora. Recordemos ese bello pasaje bíblico donde ella acepta la Palabra y de inmediato se hace fecunda: se encarna en su vientre, se hace vida en ella. María respondió: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra». Y el ángel se retiró (Lc 1,38).
Vemos cuánta confianza tenía la Madre en Dios, que no se niega, sino que cree. Ella es la llena de gracia. Por eso, al rezar junto con María y meditar los misterios de Cristo, le pedimos estar llenos de gracia y así tener la capacidad de salir a compartir la Buena Noticia, el Evangelio de salvación, a todo el mundo. En estos tiempos esto es difícil, porque la humanidad ha ido envenenando su corazón, endureciéndolo y cegándolo con tanto pecado. Sin embargo, como la Virgen María, podemos decir: «Hágase en mí según tu Palabra».
Después de recibir el anuncio y confirmar su «hágase», sale como servidora a compartir a quien lleva en su vientre y, sobre todo, en su corazón. Va al encuentro de quien más lo necesita: va hacia su prima Isabel, quien, al escuchar la voz de nuestra Madre, queda llena del Espíritu Santo. Esta es la misión de todos los bautizados: transmitir la gracia a nuestros hermanos, la gracia que viene de Dios, la luz del mundo, quien elimina las tinieblas y nos devuelve la luz y la vida.
Nuestra Madre María es un modelo de fe; ella es el camino que nos enseña de qué manera ir madurando nuestra fe cristiana. Una cosa es creer en Dios y otra es creer y obedecer en lo que Él nos pide. De ahí la importancia de rezar el Santo Rosario, pidiendo la intercesión de nuestra Madre, quien nos ayudará a comprender los sagrados misterios de Cristo. Ella, su Madre, guardaba fielmente en su corazón todos estos recuerdos (Lc 2,51).
Ofrezcamos nuestro Santo Rosario por todos los misioneros y misioneras que se comprometen a llevar el mensaje de salvación a todo el mundo, por intercesión de nuestra Madre, la Virgen de la Caridad.
María, Maestra de Humildad, ayúdame a vivir en profunda sinceridad.


