Reflexión no.6 del tiempo Ordinario. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)
Queridos hermanos y hermanas estamos viviendo tiempos difíciles, por lo tanto, no podemos quedarnos de brazos cruzados, abrumados, desconcertados, sin esperanza por lo que sucede a nuestro alrededor, el hambre, enfermedades, crisis económica, soledad, familias separadas, etc. Este es momento adecuado para postrarnos ante el Señor con los ojos fijos al cielo, entregando todas nuestras necesidades, abandonándonos y desahogando el alma a los pies de nuestro Dios quien nos ha dicho: Vengan a mi todos los que se sienten cansados y agobiados, y yo los haré descansar. Carguen con mi yugo y aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera. (Mt 11, 28-30).
Esta exhortación del Señor quizás nos sea difícil de comprender, porque los hombres de hoy nos hemos acostumbrado a una vida cómoda, sin sufrimientos, sin ningún problema. Eso no es posible, también tenemos que vernos necesitados para voltear a Dios, sino solamente le daríamos la espalda, olvidándonos de Él. Es por eso que en ocasiones Dios permite que padezcamos para así encontrarnos con él.
Sin embargo, para lograr estar en paz en medio de la tormenta y estar de pie ante el mundo, primero tenemos que estar de rodillas ante el dueño de todo, quien trasforma y hace nuevo todo, el único que tiene el poder de cambiar nuestras situaciones, incluso las más difíciles, renovándolas en calma. Para ello hay que tener mucha confianza en Dios que todo lo puede, y con su poder hace muchas cosas, cuando quiere, como quiere y donde quiere. Nuestra oración no es con exigencias sino pidiéndole como nuestro mismo Señor Jesucristo nos lo enseñó en Getsemaní antes de padecer y ser entregado: Padre, si quieres, aparta de mi esta copa; pero que no se haga mi voluntad sino la tuyo. En eso se apareció un ángel para fortalecerlo. Lc 22, 42-43.
Las sagradas escrituras siempre serán nuestro mejor medio para saber de que manera debemos orar. En San Lucas 18, 9-14. Nos narra la historia entre dos personas que se acercan a la oración, uno fariseo y el otro publicano, uno se alardeaba, y juzgaba a los demás, sin embargo, el publicano con un corazón humillado y arrepentido, primero pedía perdón por sus faltas a Dios. En estos tiempos es lo que necesitamos, implorar a Dios su perdón, por nuestros pecados personales, los de nuestro país cubano y los del mundo entero. Por ahí podemos comenzar a orar. Digamos a Dios confiados como el publicano quien ni tan solo quería levantar la mirada al Cielo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, soy pecador!


