"Es la Pascua del Señor, así salvó a nuestras familias de la muerte"

«Es la Pascua del Señor, así salvó a nuestras familias de la muerte»

Reflexión No.3 para este tiempo de Cuaresma. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)

Grande puede ser la prepotencia del hombre que insiste en pretender ponerse en lugar de Dios, sometiendo con injusticia al débil; pero más grande es el amor que Dios tiene por su pueblo. Grande puede ser tu pecado, que se encarna en ti como grandes cadenas de las que pensamos no podemos salir; pero el Señor, con grandes portentos, nos salva.

Así lo hizo con el pueblo de Israel: «Ahora verás lo que voy a hacer con el Faraón, porque sólo por la fuerza los dejará salir de su país; es más, él mismo les dirá que se vayan» (Ex 6,1). Desplegó en aquella región diferentes plagas que ponían de manifiesto su presencia real y su gran poder; actos contundentes que hacían que el mismo Faraón suplicara que quitaran las plagas: «Entonces el Faraón mandó llamar a Moisés y Aarón, y les dijo: Pídanle al Señor que nos quite las ranas a mí y a mi gente, y dejaré que tu gente vaya a ofrecer sacrificios al Señor. Sin embargo, en cuanto el Faraón se vio libre de su problema, se puso terco y no les hizo caso a Moisés y Aarón» (Ex 8,8.15).

Todo ser humano pasa por la duda de la existencia de Dios, pero también todo ser humano es testigo de las obras de Dios. Llega el momento donde reconocemos su poder inigualable y constatamos que hay cosas que sólo Él puede hacer. ¿Será que mi fe es como la de Faraón? ¿Una fe de conveniencia, de interés? Buscamos a Dios para que nos «quite el problema», y ya libres de ello, volvemos a nuestra actitud rebelde ante Él.

La fe que Dios espera de nosotros consiste en confiar en Él y hacer lo que nos pide, mas no en decir que Dios existe y vivir como se nos da la gana. Este tipo de fe la tienen también los demonios: «Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen…» (Stg 2,19).

Maduremos en nuestra fe, hermanos. Es nuestro momento. Confiemos en los preceptos de Dios; son preceptos de amor que nos hacen libres y dichosos. Seamos hijos obedientes. Aprovechemos este tiempo de Gracia para corregir nuestra vida. Esforcémonos por vivir una vida sin tacha delante de Él. Así podremos acercarnos sin temor a nuestra Pascua real, de la que en Éxodo vemos su prefiguración:

«Este mes será para ustedes el principal… cada uno de ustedes tomará un cordero o un cabrito por familia, uno por cada casa. El animal deberá ser de un año, macho y sin defecto. Ya vestidos y calzados, y con el bastón en la mano, coman de prisa el animal, porque es la Pascua del Señor. Esta noche yo pasaré por todo Egipto. Este es un día que ustedes deberán recordar y celebrar con una gran fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán como una ley permanente que pasará de padres a hijos.» (Ex 12,2-3.5.11-12a.14)

Con la Pascua, Dios liberó al pueblo de la esclavitud en Egipto. Cristo, con la verdadera Pascua —que es la Eucaristía—, nos libera de la esclavitud del pecado. Con su sangre nos marca como propiedad suya y nos salva de la muerte: «…tomó el pan en sus manos y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Esto es mi cuerpo, entregado a muerte en favor de ustedes. Hagan esto en memoria de mí. Lo mismo hizo con la copa después de la cena, diciendo: Esta copa es la nueva alianza confirmada con mi sangre, la cual es derramada en favor de ustedes» (Lc 22,19-20).

Acerquémonos a este gran banquete ya «vestidos y calzados», quiere decir, ya renovados por medio de la penitencia, el ayuno y la oración en este tiempo de Cuaresma. Que sea una Pascua diferente; que sea una verdadera renovación para todos nosotros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio