Reflexión final del tiempo de Pascua. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)
Queridos hermanos: ha llegado por fin a nosotros la promesa del Padre: EL ESPÍRITU SANTO. Damos inicio al peregrinar de la primera comunidad cristiana. Como ya hemos venido hablando antes, este es el comienzo de una sola fe, una sola Iglesia, un solo cuerpo, al cual todos pertenecemos. No perdamos de vista en nuestra vida que es el Espíritu quien nos anima, guía, alienta, enriquece y da fuerza para seguir caminando. Este mismo Espíritu nos fue dado por el amor del Padre y del Hijo, derramado en nuestros corazones para así gozar plenamente de Él desde nuestro bautismo.
Este amor no solo es para un grupo específico de personas, sino para todo aquel que crea, escuche y acepte la Palabra. Así nos lo transmite el libro de los Hechos 10, 44-46:
“Todavía estaba Pedro hablando de estas cosas, cuando descendió el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra. Entonces se asombraron todos los judíos creyentes que acompañaban a Pedro, porque también sobre los no judíos se derramó el don del Espíritu Santo. Pues los escuchaban hablar en lenguas y glorificar a Dios.”
Dios no hace distinción entre los suyos; la promesa de salvación y bendición se da por medio de Jesucristo y es para todos. El Señor sabe la gran necesidad que tiene el hombre de amar, de encontrar un sentido pleno de las cosas y de su propia vida, y es por eso que le hace ver, de manera especial y necesaria, la presencia del Espíritu Santo en su vida, como Aquel que anima, edifica, santifica e ilumina su vida y su familia. Recordemos que es Él quien da vida a la Iglesia, a la que pertenecemos todo bautizado.
Todo cristiano bautizado se deja iluminar por el Espíritu de la verdad y del amor; escucha la Palabra, acepta el mensaje del Evangelio y, más aún, se esfuerza por ser cada día una mejor persona, reconociendo sus limitaciones y debilidades.
Queridos hermanos: ¡Glorifiquemos al Señor! con un espíritu firme, paciente, de ardiente celo por reavivarlo en nuestra vida, capaz de iluminar la vida de los hombres que hasta hoy no se han encontrado con ese amor. ¡Glorifiquemos al Señor! como los primeros cristianos que, a pesar de pertenecer a un grupo, escucharon la Palabra, creyeron y aceptaron, y así pasaron a formar parte de la historia de salvación, llevando una vida recta, intachable, acrecentando la fe y aceptando la voluntad del Señor. Alimentemos nuestro espíritu con la oración, la Eucaristía, reconciliándonos con Dios y ayudando al prójimo.


