Reflexión no.7 del tiempo Ordinario. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)
Uno de los patriarcas más conocidos del Antiguo Testamento es, sin duda, Moisés: un hebreo que fue “sacado de las aguas” por la hija de Faraón, creció como egipcio, pero sabía su origen hebreo. La Palabra nos dice que:
“Pasaron los años y Moisés creció. Sucedió que salió a visitar a sus hermanos y vio sus duros trabajos; vio a un egipcio golpeando a un hebreo, a uno de sus hermanos. Miró a un lado y a otro, vio que no había nadie, entonces mató al egipcio y lo enterró en la arena. Salió al día siguiente y encontró a dos hebreos peleando. Dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?». Este le contestó: «¿Quién te ha puesto como jefe y juez entre nosotros? ¿Acaso estás pensando matarme como mataste al egipcio?» Moisés tuvo miedo, pues pensó: «De verdad se ha sabido el asunto»” (Ex 2, 11-14).
Tenemos a un hebreo que ha crecido lejos de su fe. Podríamos referirnos a todos los católicos que pertenecen a la Iglesia por su bautismo, pero que realmente no conocen su fe, porque crecen en el mundo según el mundo. El peligro es que, cuando se es consciente del dolor de la humanidad causada por tantas injusticias, se quiere hacer algo para contrarrestarlo. Cuántos jóvenes ávidos de justicia e igualdad son arrastrados por corrientes ideológicas que se presentan ofreciendo una solución, pero que realmente provocan muerte y destrucción, como son el aborto, la ideología de género, el rechazo al matrimonio, el cientificismo, etc.
Moisés huye de Egipto y “reconstruye” su vida en la región de Madián. Tal parece que olvida el dolor de sus hermanos; pero el que no lo olvida es Dios…
“El ángel de Yahvé se le apareció en medio de la zarza. Moisés vio que la zarza ardía en el fuego, pero no se consumía. Yahvé vio que se acercaba para mirar, entonces Dios lo llamó en medio de la zarza, dijo: «¡Moisés! ¡Moisés!» Él respondió: «¡Aquí estoy!» Yahvé dijo: «Realmente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado su clamor por causa de sus opresores, conozco sus sufrimientos. Y he bajado para librarlos de los egipcios y llevarlos de esta tierra a una tierra buena y amplia, a la tierra que fluye leche y miel, al lugar de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los pereceos, de los jeveos y de los jebuseos. El clamor de los israelitas ha llegado a mí, además he visto la explotación con que los egipcios los oprimen. Por eso, ahora ve; yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto». Pero Moisés dijo: «¿Quién soy yo para ir ante el faraón y sacar a los israelitas de Egipto?». Dios respondió: «Yo estaré contigo. Y esta es para ti la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, darán culto a Dios en este monte»” (Ex 3, 2.4.7-12).
¡Qué misterio tan grande! Dios se presenta no solo para saciar los anhelos dormidos del corazón, sino que presenta un proyecto aún más grande y ambicioso. Moisés es enviado no solo a aliviar la opresión de los capataces hacia los israelitas, sino a sacarlos por completo de su esclavitud. Moisés dijo: “¿Quién soy yo para ir ante faraón y sacar a los israelitas?”. Moisés es ahora un enviado de Dios. Ya no va a actuar según sus propios criterios ni siguiendo los criterios del mundo, sino en el nombre de Dios. Moisés, de pretender salvar a un solo hombre, trasciende por designio divino como el libertador del pueblo de Israel.
Grandes cosas quiere Dios hacer con nosotros y a través de nosotros, pero necesitamos acercarnos al Señor. Él nos hablará y nos indicará el camino que debemos recorrer. Sus proyectos no son como los nuestros; su forma de pensar no es como la nuestra. Él nos llevará por un camino que nos llenará de plenitud, felicidad y satisfacción.


