Reflexión No.4 para este tiempo de Cuaresma. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)
El pueblo de Israel, rescatado por el Señor, camina por el desierto hacia la “tierra prometida”. Este recorrido es imagen de la Iglesia peregrina, que somos nosotros, que caminamos en miras de la Vida Eterna. En nuestro caminar enfrentamos desafíos que ponen a prueba nuestra fe, nuestra confianza y nuestro amor en el Señor. Cuando leemos las quejas del pueblo al sentir sed y hambre, podemos llegar a indignarnos: ¿cómo es posible que un pueblo que ha sido testigo de tantas maravillas dude así de Dios? Repasemos algunos de los pasajes:
“Cuando llegaron a Mará, no pudieron beber el agua que allí había, porque era amarga. La gente empezó a hablar mal de Moisés, y preguntaban: ¿Qué vamos a beber? Entonces Moisés pidió ayuda al Señor, y él le mostró un arbusto. Moisés echó el arbusto al agua, y el agua se volvió dulce. Allí el Señor los puso a prueba, y les dio una ley y una norma de conducta.” (Ex 15, 23.24b-25)
“Allí, en el desierto, todos ellos comenzaron a murmurar contra Moisés y Aarón. Y les decían: ¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto! Allá nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos hasta llenarnos, pero ustedes nos han traído a este desierto para matarnos de hambre a todos. Entonces el Señor de dijo a Moisés: Voy a hacer que les llueva comida del cielo” (Ex 16, 3-4)
Pero el pueblo tenía sed, y hablaron en contra de Moisés. Decían: ¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Para matarnos de sed, junto con nuestros hijos y nuestros animales? […] Y el Señor contestó: Cuando golpees la roca, saldrá agua de ella para que beba la gente.” (Ex 17, 3.6b)
Al parecer, nunca es suficiente para el hombre tantas pruebas de amor de parte de Dios. Con cuánta paciencia trata Dios a este pueblo de corazón endurecido, que le responde con el amargor de sus dudas y la aspereza de sus quejas. El pueblo no comprende que es necesario este desierto para prepararse y purificarse antes de entrar a esa tierra nueva. Así nosotros estamos en esta vida, con todas las oportunidades delante de nosotros para demostrar nuestra fe, madurar en ella y crecer en el amor a Dios y al prójimo.
Es muy duro darnos cuenta de que el hombre es capaz de rechazar la salvación que Dios ofrece, ya que esta exige una respuesta de obediencia a sus leyes. Nos cuesta tanto trabajo doblegar nuestro orgullo y soberbia; preferimos vivir en la esclavitud de nuestros pecados antes que esforzarnos por caminar libres en la voluntad de Dios. El pecado siempre va a engendrar dolor y muerte; la ley de Dios siempre da vida y plenitud.
Jesús es claro con nosotros “El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios” (Lc 9, 62).
Dios nos brinda su salvación, pero esta lleva un proceso de purificación que pide esfuerzo, exige perseverancia, plena confianza en el Señor y capacidad de aceptar sufrimientos que, unidos a los de Jesucristo, son medios de santificación.
Esta lectura nos dejas las siguientes preguntas a meditar: ¿De qué nos quejamos hoy? ¿De verdad creemos en el poder de Dios? ¿Realmente deseamos vivir conforme a sus mandamientos?


