Queridos hijos en el Señor:
1. Subir al monte para poder bajar
- Hoy, la Iglesia nos invita a subir al monte Tabor. Es un domingo de luz, un domingo de esperanza. Pero, ustedes saben mejor que nadie que no se puede subir al monte sin antes haber caminado por el valle. Y este pueblo suyo, este pueblo cubano que peregrina en esta tierra bendita y sufrida, conoce bien lo que es caminar entre valles de sombra.
- San Pedro, Santiago y San Juan subieron con Jesús. Estaban cansados, probablemente desorientados después de los anuncios de la pasión. Y de repente, el cansancio se hizo luz. El miedo se hizo confianza. La oscuridad se hizo gloria.
- Hoy, en esta Catedral que lleva el nombre de nuestro patrono San Rosendo, también nosotros necesitamos subir al monte. Porque desde abajo, desde la realidad cotidiana, a veces todo se ve cuesta arriba.
2. La llamada de Abraham: salir de la propia tierra
- La primera lectura de este domingo nos presenta a Abraham, nuestro padre en la fe. Escuchemos de nuevo esas palabras cargadas de promesa: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, al país que yo te indicaré» (Gén 12,1).
- Dios le pide a Abraham que lo deje todo. Que abandone sus seguridades, su pasado, sus certezas. Y Abraham, con una confianza asombrosa, «salió sin saber a dónde iba», como diría san Pablo. No tenía mapa, no tenía garantías. Solo tenía una promesa y una voz que le hablaba al corazón.
- Queridos hijos, ustedes conocen bien lo que significa «salir de la propia tierra». Muchos de ustedes han visto partir a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos. Otros han tenido que despedirse una y otra vez. La experiencia del éxodo, de la separación, del «dejar la tierra», no les es extraña.
- Pero Abraham nos enseña algo fundamental: Dios nunca llama para abandonar, sino para bendecir. Dios le dice: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y serás una bendición«. Y añade: «Con ellas serán benditas todas las familias del mundo» (Gén 12,3).
3. El salmo de la confianza: la misericordia que esperamos
- El salmo responsorial de hoy, el salmo 32, es como un suspiro que se hace oración. Dice así: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (Sal 32,22).
- Fíjense bien en esa palabra: esperamos. No es una esperanza vaga, abstracta. Es una esperanza concreta, que espera algo concreto: la misericordia de Dios. Y ¿qué es la misericordia? Es ese amor de Dios que se inclina sobre nuestra miseria para levantarla, para sanarla, para darle dignidad.
- El salmista nos recuerda también que «la misericordia del Señor llena la tierra» (Sal 32,5). No dice que llena solo los países ricos, ni solo los tiempos de bonanza. Dice que llena la tierra. También esta tierra pinareña, esta tierra cubana. También esta realidad difícil. También estos tiempos de prueba.
- Ustedes han aprendido a esperar. Esperan en colas, esperan noticias, esperan reencuentros. El salmo de hoy les enseña a dirigir esa espera hacia Dios: «En el Señor está nuestra esperanza» (Sal 32,20). No en promesas humanas que fallan, no en soluciones mágicas que no llegan. En el Señor. Él es fiel. Él no defrauda.
4. San Pablo: no te avergüences del testimonio del Señor
- La segunda lectura, de la segunda carta a Timoteo, es un grito de ánimo en medio de la dificultad. San Pablo está en la cárcel, sabe que su fin está cerca. Y sin embargo, le escribe a Timoteo: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; al contrario, toma parte en los duros trabajos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tim 1,8).
- Queridos hermanos, en una sociedad que a veces quiere silenciar a Dios, que a veces margina la fe al ámbito de lo privado e íntimo, la tentación puede ser la de avergonzarse. La tentación de vivir la fe a escondidas, de no dar testimonio, de callar por miedo.
- Pero San Pablo les dice hoy: no se avergüencen. No se avergüencen de ser cristianos en Cuba. No se avergüencen de llevar un crucifijo, de persignarse al pasar frente a una iglesia, de educar a sus hijos en la fe, de defender la vida y la dignidad de cada persona.
- ¿Y por qué no debemos avergonzarnos? Porque, como dice Pablo, Dios nos ha salvado y nos ha llamado a una vida santa, no por nuestros méritos, sino según su propio designio y la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos (2 Tim 1,9).
- Lean bien eso: desde antes de los siglos. Es decir, desde siempre. Antes de que existiéramos, antes de que existiera cualquier gobierno, cualquier dificultad, cualquier crisis, Dios ya los había pensado, ya los había amado, ya los había destinado a la santidad. Su vocación es eterna. Su dignidad es inviolable. Nada ni nadie puede arrebatarles eso.
- Y Pablo termina con una afirmación maravillosa: Cristo ha destruido la muerte y ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio (2 Tim 1,10). Esa es nuestra esperanza: la muerte no tiene la última palabra. Ni la muerte física, ni la muerte social, ni la muerte de los sueños. Cristo ha vencido.
3. La Transfiguración: una lección de esperanza para Cuba
- ¿Qué significa la Transfiguración para ustedes, para este pueblo que tanto ama y que tanto sufre? Significa que Dios no se ha olvidado de nosotros. Significa que, aunque el rostro de Cristo en la tierra a veces aparezca desfigurado por el dolor, por la escasez, por la emigración de los seres queridos, por la incertidumbre… ese mismo rostro tiene una promesa de resurrección.
- El Padre dice: «Este es mi Hijo amado, escúchenlo». No dice: «Miren los milagros que hace», ni «fíjense en los poderosos del mundo». Dice: escúchenlo. En una realidad donde a veces hay tantas voces que aturden, tantas promesas que se lleva el viento, Cristo nos dice hoy: escúchenme a Mí.
- ¿Y qué nos dice Jesús en el Evangelio? «Levántense, no tengan miedo». Esas fueron sus palabras a los discípulos caídos en tierra, asustados por la voz y la luz. A ustedes, queridos hermanos, que muchas veces se han sentido caídos por el desaliento, por la fatiga de una larga jornada, Cristo les repite hoy: «Levántense, no tengan miedo».
6. San Rosendo: un santo para tiempos difíciles
- Y aquí entra nuestro patrono. San Rosendo vivió en el siglo X, un tiempo que los historiadores llaman «de terror» y de invasiones. Su mundo se caía a pedazos: invasiones normandas, crisis política, hambre, destrucción de monasterios. Parecía que todo estaba perdido.
- Pero San Rosendo no se quedó en la queja. No se paralizó por el miedo. Él hizo exactamente lo que hoy vemos en las lecturas:
- Como Abraham, escuchó la llamada de Dios y salió de su tierra, de sus seguridades, para ponerse al servicio de su pueblo en medio del caos. No se encerró en su palacio, sino que fundó Celanova y reconstruyó lo que estaba destruido.
- Como el salmo 32, puso su esperanza en la misericordia del Señor, y desde esa confianza, trabajó por la paz y la justicia en tiempos de guerra.
- Como San Pablo, no se avergonzó del Evangelio. Fue obispo, fue pastor, fue defensor de los pobres. No tuvo miedo de ejercer su autoridad para proteger a los más débiles.
- San Rosendo nos enseña que la esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo que ignora los problemas. La esperanza cristiana es la certeza de que, aunque la noche sea larga, la aurora viene de Dios. San Rosendo no esperó a que las condiciones fueran perfectas para actuar. Con realismo, con fe, con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, se puso a trabajar por su pueblo.
- Así los necesitamos hoy. Santos de a pie, santos de cola, santos que en medio de la escasez comparten el pan, santos que no pierden la sonrisa, santos que, como San Rosendo, son pastores que huelen a oveja, que conocen las necesidades de su gente.
7. La realidad cubana y la luz del Tabor
- Ustedes viven una realidad compleja. Lo sabemos. El desgaste diario, la lucha por lo esencial, el dolor de ver partir a los hijos, la preocupación por el futuro. Y en medio de eso, la tentación puede ser la desesperanza, el encerrarse en uno mismo, o peor aún, el dejar de creer que otro mundo es posible.
- Pero hoy, la Palabra de Dios les dice:
- Como a Abraham: «Sal de tu tierra», de tu “zona de confort”, pero no para perderte, sino para ser bendición. Ustedes son una bendición dondequiera que estén. No lo olviden.
- Como el salmo: «Esperen en el Señor». No en los poderosos, no en las soluciones fáciles. En Él, que es fiel.
- Como a Timoteo: «No se avergüencen». Vivan su fe con valentía, con sencillez, con alegría. El Evangelio es su fuerza.
- Como en el Tabor: «Levántense, no tengan miedo». La gloria de Cristo es más fuerte que cualquier oscuridad.
- Ustedes, Iglesia Católica que peregrina en esta diócesis, están llamados a ser un signo de contradicción. En un mundo que promueve el desaliento, ustedes están llamados a ser hombres y mujeres de esperanza. No una esperanza ingenua, sino una esperanza activa, como la de Abraham, como la de San Pablo, como la de San Rosendo: que construye, que acoge, que perdona, que une.
8. Una palabra especial para los agentes de pastoral
- Hoy, en esta fiesta del patrono, quiero dirigirme de manera especial a los laicos comprometidos de esta comunidad. A todos ustedes muchas gracias por su disponibilidad. Muchas gracias por la misión que han realizado en estos días anunciando la fiesta de San Rosendo y la invitación a rezar por Cuba. Gracias por anunciar a Jesucristo.
- San Rosendo fue un gran reformador. No reformó desde el escritorio, sino desde la rodilla y desde el servicio. Él sabía que para transformar la Iglesia y la sociedad, primero hay que transformarse uno mismo en el encuentro con Cristo.
- Ustedes, queridos colaboradores, están llamados a ser hombres y mujeres de la Transfiguración. Que su rostro refleje la alegría del Evangelio, no el cansancio de la rutina. Que sus manos sean manos que bendicen, que acogen, que construyen. Que su palabra sea palabra que anima, que consuela, que no juzga. Que su corazón sea un corazón ancho como el de San Rosendo, capaz de acoger a todos, especialmente a los más necesitados.
9. Conclusión: levántense, no tengan miedo
- Queridos hermanos, al final de este Evangelio, Jesús les dice a Pedro, Santiago y Juan: «No le cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos».
- ¿Por qué? Porque la gloria sin cruz no es cristiana. Porque la resurrección sin pasión es un cuento de hadas. Ustedes, pueblo pinareño, conocen bien la cruz. Pero hoy, desde esta Catedral, bajo el amparo de San Rosendo, quiero recordarles que la cruz no es lo último. Lo último es la resurrección.
- Mantengan viva la esperanza. No se dejen robar la alegría. Sean una Iglesia samaritana que cura heridas, una comunidad profética que anuncia sin miedo la verdad, un pueblo eucarístico que se parte y se comparte como Cristo.
- Que San Rosendo, el gran constructor de la paz, el defensor de Galicia del ataque de los moros, el monje y el pastor, los acompañe siempre. Que él les enseñe a subir al monte de la oración para tener la fuerza de bajar al llano de la historia y transformarla con la fuerza del Evangelio.
- Y recuerden siempre las palabras de Jesús, dichas para ustedes, dichas para Cuba hoy: «Levántense, no tengan miedo».
- María de la Caridad, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, ruega por Cuba. San Rosendo, patrono de esta Iglesia diocesana, ruega por nosotros. Amén.


