¡No conozco al Señor, ni tampoco voy a dejar ir a los israelitas!

¡No conozco al Señor, ni tampoco voy a dejar ir a los israelitas!

Reflexión No.2 para este tiempo de Cuaresma. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)

Queridos hermanos, sigamos meditando esta historia de salvación que nos ofrece el libro del Éxodo. Una vez que Moisés y Aarón se presentan ante el faraón, éste dijo:

«¿Y quién es el Señor, para que yo le obedezca y deje ir a los israelitas? No conozco al Señor, ni tampoco voy a dejar ir a los israelitas». (Ex 5, 2-3)

Estamos ante un mundo que gime de dolor por el desconocimiento de Dios, por la falta de temor a Él. El hombre establece sus leyes según sus criterios, va ideando nuevas formas de «felicidad» que terminan hundiendo a las personas en un abismo de sinsentido, de hastío e injusticia.

¿Cómo confiar en una ley que proviene de alguien a quien no conozco? ¿Cómo respetar preceptos que parecen retrógrados, débiles y esclavizantes? El mundo necesita conocer a Dios, o mejor dicho, necesita urgentemente que se le enseñe a reconocer a Dios, ya que nuestro Señor se da a conocer pero requiere de corazones sencillos, humildes y abiertos.

Es nuestra tarea, como verdaderos cristianos, tomar en serio el mandato de Cristo: «Vayan por todo el mundo y hagan discípulos a todas las naciones… Enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes». (Mt 28, 19-20)

Tengamos valor y firmeza y, sobre todo, mucha congruencia para anunciar la salvación de nuestro Señor. No decaigamos ante la actitud altanera y autosuficiente de los demás; más bien, compadezcámonos de estos hombres pobres de fe, pobres de esperanza y pobres de amor.

Por otro lado, tenemos al pueblo de Israel, que tiene «miedo» a ser libre:

«Los jefes de los grupos israelitas se vieron en aprietos cuando se les dijo que no debían reducir la producción diaria de adobes. Al salir de su entrevista con el faraón, se encontraron con Moisés y Aarón, que los estaban esperando, y les dijeron: «Que el Señor mire lo que ustedes han hecho y los castigue, porque ustedes tienen la culpa de que el faraón y sus funcionarios nos miren mal. Ustedes mismos les han puesto la espada en la mano para que nos maten».» (Ex 5, 19-21)

Ante la orden del faraón de aumentar la carga de trabajo a los israelitas, ellos se quejan con Moisés y condenan su acción libertadora. No quieren la esclavitud, pero tampoco quieren arriesgar nada para conseguir la libertad. Son personas negativas, destinadas a quejarse siempre y a no hacer nada para mejorar la situación.

Si queremos resultados diferentes, tenemos que hacer cosas diferentes. Se requiere valor y confianza en la Providencia para caminar, actuar y soportar lo que venga en aras de una vida mejor y más digna. Es Dios quien ha mandado a Moisés, es Dios quien va delante luchando por nosotros. Pero, como dice San Agustín: «Dios, que te creó sin ti, no va a salvarte sin ti». Ni Dios sustituye el esfuerzo del hombre ni el hombre puede prescindir de la ayuda de Dios; las dos fuerzas son necesarias.

Ahora, ¿cómo responde Dios ante la dureza de corazón del faraón y la mediocridad del pueblo de Israel? Así dice el Señor:

«… ve y di a los israelitas: «Yo soy el Señor; voy a librarlos de los trabajos pesados que les imponen los egipcios. Voy a liberarlos de la esclavitud en que los tienen, y los salvaré con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia. Los tomaré como pueblo mío y yo seré su Dios».» (Ex 6, 6)

La salvación es un acto totalmente libre y gratuito por parte de Dios. Él responde amándonos, aferrándose a nosotros; no se resiste a vernos en la oscuridad de nuestros pecados. El acto de justicia por excelencia es el Hijo de Dios muerto en una cruz, pagando por el pecado tuyo y de todo el mundo. La mesa está servida: Dios te da la salvación; tómala o despréciala. Esto está a nuestro libre albedrío (Cfr. Eclo 15, 11-20).

Una Cuaresma más, una Pascua más. El amor de Dios es muy grande, extremadamente generoso. Esta es nuestra oportunidad de decirle a Dios, con la fuerza de un corazón liberado:«Sí, quiero tomar la libertad que me ofreces; sí, te reconozco como mi único y verdadero Dios; sí, quiero cumplir tus leyes».

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