Reflexión no.8 del tiempo Ordinario. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)
¡Qué alegría poder compartir contigo, querido hermano lector! Nos llena de gozo que juntos podamos aprovechar la Palabra de Dios, la cual nos ilumina bajo la luz del Espíritu Santo, que nos llena de paz, sabiduría y ánimo. Nos ayuda a despertar nuestra conciencia cristiana adormecida por el pecado, e invitándonos al combate espiritual contra fuerzas malignas, a la reflexión interior y a la conversión constante.
Recordemos que, tras la desobediencia de nuestros primeros padres, se desencadenó en el interior del corazón humano una serie de pecados, aberraciones y abominaciones a Dios. Dos ciudades famosas que nos menciona el libro del Génesis: Sodoma y Gomorra. Tanta era su maldad que Yahvé dijo: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte, porque su pecado es muy grave” (Gn 18, 20). Es increíble descubrir que el pueblo de Dios, durante toda la historia de la salvación, siempre se ha rebelado contra Él, y cómo nuestra misma maldad gime de dolor. ¡Cuánto pecado hemos guardado en nuestros corazones, correspondiendo con miseria a tan grande amor misericordioso de Dios! No es que Él esté contra nosotros; su sueño es que seamos felices. Pero lo que rechaza de nosotros es nuestra maldad. Esa podredumbre es lo que nos aleja de Dios, aunque Él nunca se rinde y busca miles de maneras para volvernos a Él y otorgarnos su perdón.
El patriarca Abraham, ante tal exclamación de Dios, intercede en oración por los justos de estas ciudades, y vemos el peso que tiene la oración. Por eso, para estos tiempos tenemos que ofrecer oraciones fuertes por nuestro país cubano, implorando misericordia por nuestros gobernantes, autoridades y por todos aquellos a quienes Dios ha encomendado poder. A lo cual el Señor responde diciendo: «No habrá destrucción gracias a esos diez justos» (Gn 18, 32b).
Yahvé se apiada por tan solo unos cuantos justos, pero da una encomienda a Lot, único justo con su familia, a quien rescata de tal destrucción gracias a la oración de su primo Abraham: “Corre y salva tu vida. No mires atrás y ponte a salvo en la montaña; no te detengas en parte alguna, o serás destruido” (Gn 19, 17).
Hermanos, huyamos del demonio y sus asechanzas, porque es fuerte. Dejemos nuestra vida y hagamos un cambio verdadero. Si ya estamos en camino de conversión, no volvamos atrás, porque podríamos regresar a nuestra misma basura. Pongámonos a salvo en el camino de los sacramentos: la Eucaristía, la oración, el ayuno, el sacrificio, la confesión; ahí está nuestra protección segura. Seamos constantes. No nos detengamos, porque si lo hacemos, es una puerta abierta al demonio, que viene a traernos destrucción. ¡Refugiémonos en el Señor!


