“Nos morimos de hambre… y solo tenemos el Maná”

“Nos morimos de hambre… y solo tenemos el Maná”

Reflexión No.6 para este tiempo de Cuaresma. Por: Servidoras de la Palabra (misión en la parroquia Jesús Nazareno)


El pueblo de Israel se encuentra ante la oportunidad de tornar su vida por el camino que Dios mismo le va enseñando en medio del desierto. Es ahí donde comienzan a aparecer dificultades, esfuerzos, sacrificios, donde solo la fe y la aceptación de los nuevos horizontes y medios que Dios ofrece podrán volver a dar sentido a la vida del pueblo de Israel.

Sin embargo, vemos cómo rechazan el único y mejor alimento que Dios ofrece para devolvernos la Vida:

«Pero ahora nos estamos muriendo de hambre y no se ve otra cosa que el Maná» (Nm 11,6).

El Maná —Eucaristía— es el que sana el dolor, da ánimo en el sufrimiento, es nuestra compañía en la soledad, es libertad, es esperanza, gesto y milagro de amor infinito. Es Presencia de Cristo. Y es ingrato que del corazón brote tal murmuración o rechazo hacia Dios, quien es el único que puede restaurar nuestras fuerzas derrumbadas.

«Y el Señor le dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo va a seguir menospreciándome este pueblo? ¿Hasta cuándo van a seguir dudando de mí, a pesar de los milagros que he hecho entre ellos?» (Nm 14,11).

A pesar de que hemos sido testigos de las maravillas que ha hecho en nosotros y de cómo Dios nos devuelve la libertad, nos resistimos al camino que nos ofrece, nos cerramos a la sanación, a restaurarnos por medio de Él. No aceptamos lo mucho y bueno que Dios nos devuelve sin merecerlo. Nos cuesta aceptar sufrir ni un poco las consecuencias que el pecado nos deja, siendo estas necesarias para nuestra purificación. Tenemos que aprender a aceptar los designios salvíficos de Dios, aunque no sean tan sencillos de afrontar, confiando siempre en su amor inmenso y en que son para nuestro bien.

«Puesto que tu amor es tan grande, perdónale a este pueblo su maldad, ya que has tenido paciencia con ellos desde Egipto hasta este lugar. El Señor respondió: —Bien, yo los perdono, tal como me lo pides» (Nm 14,19-20).

Aunque lo único que hacemos es quejarnos de todo, Dios no se resiste en misericordia; desborda su amor y poder para aquellos que queramos aceptar y caminar con el yugo ligero que nos permite cargar. Y continúa siendo paciente, animándonos en el camino, alentándonos a esforzarnos y a dar todo de sí, demostrando fidelidad en la fe pese a toda clase de dificultad. Aunque en realidad el que lleva todas nuestras cargas es Él mismo, nos permite pasar por una mínima parte —casi nada— de lo que Él carga a causa de toda la humanidad.

Así como el pueblo de Israel, nosotros, nuevo pueblo de Dios, tenemos dos caminos a elegir: regresar a nuestra vida de esclavitud (Egipto) o luchar por la Vida Eterna (la Tierra prometida):

«¿Para qué nos trajo el Señor a este país? ¿Para morir en la guerra, y que nuestras mujeres y nuestros hijos caigan en poder del enemigo? ¡Más nos valdría regresar a Egipto!» Y empezaron a decirse unos a otros: «¡Pongamos a uno de jefe y volvamos a Egipto!»

Caleb y Josué, exploradores de la tierra prometida, dijeron a todos los israelitas: «¡La tierra que fuimos a explorar es excelente! Si el Señor nos favorece, nos ayudará a entrar a esa tierra y nos la dará. Es un país donde la leche y la miel corren como el agua.» A pesar de esto, la gente quería apedrearlos… (Nm 14,3-4.7-8.10).

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